Niña cargando caracolas, Pangane, Mozambique (2007)

Cada día al caer el sol, el padre de esta niña se echa a la mar y no regresa hasta el amanecer. Las mujeres y los niños recogen leña, recolectan caracolas durante la bajamar, venden en el mercado la pesca del día y cocinan.
Hace años, este arduo trabajo se veía recompensado por un mar con abundantes recursos que procuraba alimento a toda la población costera.
Pero en Occidente queremos pescado, mucho, barato y de calidad. Y tenemos dinero para comprar permisos de explotación pesquera a gobiernos de países pobres.
España, Portugal, Francia y Grecia han adquirido derechos de pesca en caladeros de Mozambique. A pesar de las contraprestaciones, los grandes barcos piscifactoría dejan poco a poco sin sustento a muchas familias.
Las consecuencias de la política pesquera de Occidente se relatan con crudeza y escalofriante veracidad en el documental “La pesadilla de Darwin”, de Hubert Sauper.
Los peces de África son bienvenidos en Europa, las personas, no.

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