Roger en su casa, San Rafael del Norte, Nicaragua

Conocí a Roger Peralta un día mientras paseaba por el pueblo. “Me gusta hablar con la gente, así aprendo cosas de otros países. Lástima que no vengan muchos extranjeros por aquí”, me dice. Le pregunto si hay algún lugar interesante que visitar. “Podemos ir a la capilla. Está lejos y sube mucho, pero es muy bonita, y desde allí se puede ver todo el pueblo.” Camina muy despacio, y cada pocos metros se para. Parece cansado. Y dice que hace deporte, menuda mentira, pienso.
Me cuenta que la capilla se construyó por iniciativa del Padre Odorico D’Andrea, un cura italiano muy querido por todos. A través de las rejas se puede ver el interior, limpio y muy bien cuidado. Es como un museo en memoria de su creador. Tomo algunas fotos de recuerdo. A lo lejos se ve un grupo de zopilotes sobrevolando la colina. Más tarde, en su casa, mi nuevo amigo me habla de su vida.
En 1986, con 15 años, se alistó en el ejército sandinista de Ortega. Dos años más tarde recibió dos disparos de bala, uno en la mandíbula y otro en la pierna derecha. “Me llevaron a un lugar donde todo el mundo gritaba, lloraba o estaba muerto. Había heridos por todas partes, algunos en colchones y otros, los más, en el suelo. Me limpiaron las heridas, pero la pierna se gangrenó y me la tuvieron que cortar. Creo que tuve suerte. Otros muchos perdieron la vida.” Del gobierno actual recibe la pensión mínima por herido de guerra: 300 córdobas al mes, unos 18 euros. “Yo a eso no lo llamo pensión”, me dice airado. “Tan solo tenemos para comer. Me gustaría comprar una pierna ortopédica nueva, pero es demasiado cara.”
A pesar de los reveses que le ha deparado la vida, Roger muestra optimismo e ilusión en lo que hace. Gratuitamente enseña boxeo a los chicos del pueblo para apartarlos del tabaco y del alcohol. Tiene dos pares de guantes, un protector bucal y varios sacos de arpillera. Una bombilla desnuda y cubierta de polvo alumbra la sala.
Mientras toca la guitarra junto a su mujer, Carmen Zaledón, y su hijo, le miro y me pregunto por su futuro. En su rostro percibo melancolía y resignación. Le deseo lo mejor en la vida.

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