Escaparate, Quito, Ecuador (2003)

Hasta no hace mucho, unirse a una orden religiosa era al mismo tiempo un honor y una tradición. En algunas familias pudientes la primera hija se casaba y la segunda ingresaba en un convento de clausura cuando cumplía entre 12 y 14 años. A cambio del cuidado y la manutención de la novicia sus padres debían entregar una buena suma de dinero y objetos de valor, como figuras de porcelana, cubertería de plata, cristalería fina, iconos religiosos, baúles, joyas, bordados, tapices, cuadros, vestidos, etc., que hoy se pueden ver tras una vitrina de vidrio. Para las familias pobres tener una hija monja era lo más parecido a un sueño. Cuando las niñas traspasaban el umbral del convento ya no volvían a ver a sus familiares salvo en casos excepcionales. El cura que las confesaba lo hacía oculto por una trampilla giratoria, de modo que no pudiesen cruzar la mirada. Sus vidas se reducían a la contemplación, la penitencia y el rezo. El contacto con el exterior se había acabado para siempre.

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