Sala de las velas, Jokhan, Lhasa, Tíbet (2003)

En la sala de las velas, próxima al templo de Jokhang, los tibetanos expresan sus oraciones mediante el fuego. La estancia, oscura, sofocante y sin apenas ventilación, emana un olor acre y denso procedente de la mantequilla de yak que usan como combustible.
Un día visitamos un templo de monjas enclavado en las montañas, lejos de las rutas turísticas habituales. Nos ofrecieron té tibetano, un brebaje espeso, grasiento y salado que constituye la base de la alimentación de muchas personas. La misma mantequilla que consume el fuego de las velas es el componente fundamental de este té. Con mucho esfuerzo, a sorbos rápidos, logré beber una taza. Nada más dejarla en la mesa, satisfecho por no haber defraudado la hospitalidad local, una monja muy amable la volvió a llenar, hasta arriba.
Una dieta tan descompensada y rica en grasas saturadas provoca graves problemas de salud, que pocas veces se solucionan debido a la falta de recursos económicos de la población y a la escasez de hospitales.

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